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DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO – 03 DE NOVIEMBRE – CICLO B
San Marcos 12, 28b-34
Queridos hermanos y hermanas, en el salmo 18, respondíamos a la Palabra proclamada, la siguiente aclamación: “Yo te amo, Señor, tu eres mi fortaleza” ¿Cómo puede entenderse ese amor a Dios?, ¿Cómo entenderlo para que le podamos agradar?
En el evangelio que hemos escuchado presenta a un hombre de buenas intenciones que está interesado, en saber si realmente ama a Dios; hoy día el ser humano poco le importa amar a Dios, esta tan centrado en sí mismo que olvidó las líneas cardinales de su relación con Dios y con las demás personas. Ciertamente en el Antiguo testamento se habían dado dos tablas de la ley, en las que Moisés escribió por inspiración divina los mandamientos; una primera tabla correspondía a los deberes con Dios y una segunda tabla acerca de los deberes para con el prójimo; el decálogo se fue interpretando de muchas formas de modo que terminaron ampliando de forma explícita la ley de Dios, pasando de ser un decálogo a tener 613 normas, de las cuales 365 eran prohibiciones y 248 eran mandatos positivos; entre tantos mandatos el fariseo se siente sofocado y quiere que Jesús le sintetice la ley; la respuesta de Jesús es sencilla, indicándole solo dos recomendaciones. «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».
En primer lugar amar a Dios. El término que designa el amor es ágape, quiere decir: acción, entrega, compartir, desprendimiento; de ahí podemos deducir que amar a Dios significa la acción de relacionarnos con Dios. Quien dice que ama a Dios pero no lo demuestra no dice verdad; el amor de Dios se expresa en los tres primeros mandamientos de la ley: amar, honrar y santificar; por ejemplo: anteponer y relativizar nuestras actividades para no quedarnos sin la eucaristía los domingos, renunciar a cultos extraños a nuestra fe, tener presente a Dios en el corazón ante la posibilidad de la tentación, enseñar a los hijos temas relacionados con la fe, preocuparse que en la familia haya espacios para la vida espiritual, la preocupación por estar al día con los sacramentos si falta alguno, buscar la oportunidad de vincularse con alguna obra apostólica de la Iglesia, ver la posibilidad de contribuir para que el la misión de la Iglesia se lleve a cabo, el profesional que pone al servicio de Dios lo que sabe hacer…
En segundo lugar amar al prójimo como a ti mismo. Hay una máxima muy antigua que dice: no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan; con la vara que midas, serás medido. Eso es en síntesis lo que significa amar a prójimo, pues haciendo el bien a las personas nos estamos haciendo el bien a nosotros mismos a futuro; quien guarda venganza y odio va a cultivar y recoger de lo mismo más adelante y más aún está arruinando a sus hijos y futuras generaciones en tanto que el odio da fruto y se multiplica, el amor de igual manera; lo importante es generar transformación para derrotar las cadenas de violencia y de muerte que cada vez son más notorias.
Existen tres niveles de amor al prójimo:
- Nivel mínimo: ayudar al anciano en sus necesidades básicas, dar alimento a una persona, ceder el puesto a quien lo necesite, dejar limpio el lugar o los elementos que hayamos utilizado, ayudar a arreglar nuestra habitación, recoger la basura de los lugares comunes, respetar el espacio de hábitat y el descanso del vecino, etc.
- Nivel medio: apoyar una fundación, llevar un enfermo al hospital, ayudar para que un joven pueda estudiar o a que una familia tenga donde vivir, cuidar los recursos naturales, respetar el bien común y/o hacer ofrendas por las benditas almas.
- Nivel alto: influenciar en la política en pro de trabajar por los derechos de los pobres, dedicar la vida a la misión, optar por la vocación al matrimonio o a la vida religiosa o sacerdotal…
Concluye el evangelio diciendo que amar a Dios y al prójimo vale más que cualquier sacrificio u oración; al final no se dice que pasó con este fariseo, si siguió a Jesús o se fue abrumado; sin embargo, nos queda la siguiente intriga para ser resuelta de manera individual ¿Qué te hace pensar este mensaje?
“Yo te amo, Señor, tu eres mi fortaleza”.
P. Jorge Contreras; Pbro.
DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B
San Marcos 12, 38-44
Queridos hermanos, el salmo 146 contiene la siguiente expresión: “El Señor hace justicia a los oprimidos” veamos cómo esta sentencia se presenta en lecturas que hemos escuchado.
La Palabra nos habla de dos viudas; la primera en el libro de los Reyes, es una mujer extranjera que se deja persuadir para dar con generosidad lo poco que le queda por invitación de Dios a través del profeta Elías. En el evangelio una viuda judía que hace lo mismo, pero esta vez no porque lo pidiera Dios, sino las exigentes y mal intencionadas leyes de las autoridades civiles y religiosas del momento.
La ley judía establecía el cuidado de las viudas ya que éstas quedaban desamparadas, por tal razón los escribas aparecían como “defensores de los justos,” se apropiaban de los bienes de estas mujeres para ayudárselos a administrar. Oficio que era muy gustoso por los beneficios lucrativos que se obtenían, pues hacían dinero para ellos y las viudas cada vez más pobres. La ley que obligaba al escriba darse al cuidado de los pobres, se había cambiado para que fueran los pobres los que ofrecieran y los escribas por su parte esperar recibir a montones su recompensa. Por eso ellos vestían muy bien, tenían grandes lujos y ocupaban los puestos más importantes en la sinagoga, e incluso hacían muchas oraciones pero a costa de los vulnerables.
Jesús insiste en repetidas ocasiones que quien quiera ser importante debe ser el servidor de todos, y en cuidar el corazón para no dejarlo impregnar por la codicia, sino por el espíritu de generosidad y donación a ejemplo del Señor, que ofreció su vida por los pecadores, según dice la carta a los Hebreos (Hb 9,27).
Ante la tentación de la codicia, la avaricia y demás tentaciones convienen tener en cuenta:
- Cuidemos el corazón de la injusticias: Se piensa que ese pecado es de los pudientes, de los líderes o personas con poder, cosa que es cierta; hay personas que ven en sus colaboradores máquinas de hacer dinero. Otros se aprovechan de la ingenuidad o poca experiencia de las personas para hacer inversión con el dinero de los pobres. Otros en el campo político hacen riqueza con los fondos destinados a las comunidades oprimidas, o compran puestos y conciencias con este dinero para hacer el mal. Mecánicos que recomiendan hacer arreglos innecesarios para el vehículo etc… También hay personas o instituciones que son vulnerables por los abusos de los empleados. Quien acusa falsamente al jefe de abusos o de otras cosas para extorsionar…etc. Por eso esta tentación de ser codiciosos toca a todos desde algún lado. Hay que pedirle al Señor nos regale la virtud de la justicia.
- Hay mayor alegría en dar que en recibir: Alejándonos de la actitud de los escribas, pensemos cómo Cristo no vino a recibir nada, sino a darlo todo; a predicar la justicia, el equilibrio; (término que designa las causas justas). La generosidad es expresión de gratitud por los bienes que recibimos, una generosidad, libre, sencilla, silenciosa pero eficaz. No como la que existía en el templo de Jerusalén, pues en cada alcancía se tenía una campanilla que anunciaba la cantidad de lo ofrecido. La viuda que echa dos monedas no logra que suene la campanilla, por eso nadie ve, solo Jesús percibe el sonido de la caridad, que suena no en el exterior, sino en el buen corazón de las personas.
- Dar a Dios lo que es de Dios: Es promesa de bendición y asegura su gracia providencial. A Dios no se le da de lo que sobra. La ropa que ya no sirve, el dinero que me sobró, el alimento que ya se va a vencer. Eso no se llama caridad sino higiene. Dios quiere tu caridad, que es dar como él lo hizo, dio su vida, como lo vamos a contemplar ahora en el Altar.
Pidamos a la Santísima Virgen María, que nos enseñe a ser justos y generosos. Justos para respetar el bien ajeno, para no aprovecharnos jamás del oprimido. Para evitar las tentaciones de ser abusivos con los demás, que nos ayude a ser desprendidos, para apoyar al que va quedado, contribuir en vez recibir o acumular codiciosamente, pues el Señor hace justicia a los oprimidos.
P. Jorge Contreras; Pbro.
